Nueva Gerona: una novia del Caribe ya tiene 181 años

 

Nueva Gerona-boulevard

No solo las almas bohemias desanduvieron las vetustas arterias de Nueva Gerona, arropada de jubileo cuando el tiempo haló de su falda 181 veces al marcar el reloj la una de la mañana del 17 de diciembre último. Sigue leyendo

#Islajuventud: A 140 años de un adiós con regreso convertido en millones

Finca Museo El Abra en Isla de la Juventud. Foto AnroZudi

Finca Museo El Abra en Isla de la Juventud. Foto AnroZudi

Dice la voz popular que no importa dónde se nace o dónde se muere sino dónde se lucha, quizá por eso todavía son perceptibles las huellas de su andar ligero en la centenaria masía, a la usanza de las fincas catalanas, localizada a poco más de dos kilómetros de la ciudad de Nueva Gerona.
Las pequeñas moléculas no hacen una apología a su nacimiento el 28 de enero de 1953, ni a la etapa de la niñez, marcada por una sociedad esclavista, y sí a ese momento en que conoció las penas del presidio político entre grilletes, martillo y piedras en la cantera de San Lázaro en La Habana.
Quiso el azar que José María Sardá – ingeniero militar de origen catalán, propietario de la sección La Criolla, donde hacía trabajos forzados el joven– interviniera en la conmutación de la pena y lo trajera a Isla de Pinos a bordo del Nuevo Cubano al amanecer del 13 de octubre de 1870.
Recuerdo -dice el polvo apisonado- que era un día otoñal, el peralejo impregnado de rocío bordeaba el camino que culminaba en los jardines de la masía de blanquísimas paredes con piso y techo rojos, que en la distancia parecían ofrecer sus labios al azul celeste.
La armonía fue rota por la calesa, en su interior un jovenzuelo de mirada dulce, cabello demasiado corto, frágil figura, aproximadamente un metro 70 centímetros de estatura y vestido de blanco viajaba junto a su custodio.
Aquí le dio la bienvenida una mestiza, Trinidad Valdés Amador, esposa de Don Sardá, fue ella quien cuidó la quebrantada salud del mozalbete, atendió sus ojos dañados por la cal y curó las yagas de los tobillos aún presos del grillete, que le fue retirado en la herrería de la finca.
Más de una vez lo vi frente al reloj de sol, único de su tipo aquí; desandar la finca y elevar su mirada hasta lo alto del penacho de las palmas; beber agua del manantial, viajar a Nueva Gerona para responder presente al pase de lista en su condición de confinado político.
Este agreste lugar fue la última visión de la campiña cubana que le acompañó al abandonar suelo patrio al anochecer del 18 de diciembre del mismo año para ser deportado a España, el 15 de enero de 1871, hace exactamente 140 años y 28 días.
Tal vez fue aquí donde sintió con más fuerza que debía apresurarse en su empeño de salvar a la Patria porque no dispondría de mucho tiempo, tenía la noción exacta de lo que le correspondía hacer como novio de Cuba, y si una vida no le fuera suficiente para ello, se centuplicaría en muchas otras.
Te estremecerá saber que sus redentores corrieron igual suerte que el Maestro. Ellos reconocidos como los moncadistas llegaron otro 13 de octubre a esta isla carcelaria. Como él pensaron aquí en la premura de levantar al pueblo para limpiar la honra mancillada de la Patria.
En ese empeño muchos se apropiaron de la consistencia de su poesía, bebieron en la levadura de sus discursos, se arroparon con fibras del corazón del paradigmático Héroe, quien regresó convertido en millones el amanecer del primero de enero de 1959.

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